sábado, 20 de noviembre de 2010

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Dame un nombre, dame un letra, un número, una hora, una canción un recuerdo, una palabra. ¿Quién eres? ¿Qué somos? Creo que no importa, carece de sentido. Tu aquí, yo allá, y cuando vengo tu te vas, y cuando estoy tu ya te has ido, de repente estamos jugando a las escondidas, a lo ridículo y a lo simple.
Una fotografía, un recuerdo sencillo, una canción, un corrientazo que me atraviesa. Comienza la cuenta, ya va por cuatro y no quiero terminar. Contando qué sé yo, quizás frialdad, contando los momentos tristes, lo efímero. Un sentimiento de extrañeza, de felicidad con nostalgia, con algo de rencor, con un poco de arrepentimiento, en realidad no podría darle un nombre a ese meollo de sentimientos que se atraviesan por mi pecho al ver las gotas caer, al ver las nubes posarse encima del tejado. Veo llover, veo la tarde gris que tiene de todo menos un sol radiante, no veo rayos de luz sino de penumbra; no veo un par de ojos, es como si todo se hubiese extinguido, como si mis esfuerzos varios por recobrar algo se hubiesen perdido en medio del miedo a la soledad que tanto me gusta.
Horas enteras, momentos medianos, un par de palabras reconfortantes, otras cuantas que me aterrizan y que me ponen de pie sobre el asfalto una vez más, sobre ese asfalto manchado de inocencia que marca muchos momentos efímeros, que me retornan a lo real e irreal.
Parezco una cascada de palabras que comienza a desbordarse de repente sin más, sin importar las consecuencias que tenga pronunciar cada palabra, sin importar cuantas veces tenga que caer y volverme a levantar. Parece ridículo, parece que no aprendiese, pero sólo yo sé a qué quiero llegar. Soy yo quien ha decidido que la vulnerabilidad es lo que de cierta manera gusta pero también espanta y asusta. Sentirse frágil ante una mirada llena de interrogantes, de preguntas no pronunciadas no es algo que en realidad me asuste, me asusta quizás la consecuencia que esto tenga sobre mi y aún así no cojo escarmiento, aunque en realidad no aspiro cogerlo, no aspiro cohibirme aunque sé que muchas veces debería y es ahí cuando vuelve a mi ese maldito interrogante, los malditos extremos que no debo cruzar pero de los que no puedo escapar. En realidad no sé cuando parar, quizás ese sea mi más grave error.
Busco excusas para tocar lo intocable y huyo probablemente de lo que es más palpable, ¿qué Ser humano coherente haría algo así? Probablemente no soy del todo coherente, pero a veces prefiero evitar un poco de coherencia y más bien cambiarlo por indiferencia y algo de locura. ¿Para qué habría que seguir un esquema? Yo puedo vivir sin esquemas, o al menos salirme un poco de "lo que ya está escrito" porque en realidad no considero que algo esté escrito del todo. Lo he dicho mil veces; aunque fuimos nosotros quienes creamos el tiempo, no somos dueños de él, y este nos manipula a su antojo con sus manecillas, con su ir y venir, porque aunque todos los días marque las mismas horas y sea un ciclo constante, siempre marcará un momento diferente. Maldito tic-tac, malditos miedos, malditas patrañas. ¡Maldita sea!
Supongo entender, pero prefiero no hacerlo, prefiero engañarme muchas veces, vendarme los ojos y evitar ver para no sentir, termina haciéndome más daño que la simple vista previa de lo que resulta poco eludible. Tantos puntos, tantas comas, un par de pausas, respirar hondo, empezar de nuevo, se me corre la voz, se me pone temblorosa. Me tiemblan la manos, me tiemblan los pies, las mejillas se contraen. No de nuevo, por favor esta vez no, pero sé que en el momento en el que cierre los ojos caeré rendida ante mi fragilidad, caerá una lágrima, por eso no los cierro y respiro suavemente evitándolo hasta donde me es posible, pero no tengo a quien engañar, es evidente, es ridículo y depronto deja de importarme si salen o no, si caigo enfurecida por mi falta de carácter, me deja de importar si alguien se acercará a mi a preguntarme cómo me estoy sintiendo porque en realidad sólo esperaría que mi llanto me hiciera invisible... de nuevo empiezo a contar.
Se me queman las mejillas con la sal de mis lágrimas. Empieza a herirme la erosión que causa cada lágrima, es como si labrara un maldito camino por donde las otras lágrimas deben también caer, pero en realidad a veces salen tan amontonadas que optan por quedarse enredadas en mis pestañas nublando mi vista, nublado las ansias de salir corriendo y gritarle en la cara lo que pienso, lo que siento.
Es ficticio tanto como real, es inevitable, no sería yo si no fuese así, no sería mi identidad, entonces huyo, huyo de ese lugar como si fuera el detonante, pero bien sé que el detonante está adentro, que la chispa se la da algo externo que siempre termina por hacer explotar todo eso que se consume y que se hace una bola de un yo no sé qué. Siempre termina en lagrimitas tontas que después de un tiempo he de limpiar y han de caer sobre el mismo asfalto que nombré anteriormente y se ve manchada la inocencia una vez más.
De cara contra el asfalto una vez más, de cara contra la inocencia y con las manos atadas atrás en mi espalda evitando que la caída sea menos dolorosa. Simplemente un impacto ya bien conocido, que por cierto, en estos últimos días empieza a convertirse en algo normal pero a lo cual no me acostumbro todavía, en realidad no quiero acostumbrarme a eso, sería más patético aún.
Ya está, ya estuvo, este maldito insomnio me carcome la cabeza, me mantiene despierta horas extra. Me mantiene mirando al techo en busca de ventanas de escape pero en realidad me queda difícil treparme allí para no pensar más en lo que simplemente no debería estar pensando...
¡Qué inocente! ¡Qué estúpida!

2 comentarios:

Noe Palma dijo...

continuo leyendo tu blog, me resulta muy interesante... saludos

Förster Agatha dijo...

Te agradezco mucho por leer y por comentar.
Un abrazo, saludos.