lunes, 11 de mayo de 2009

+Nada más que eso+

No es precisamente un piano es lo que me trae a este lugar, mas debo aceptar que su sonido me consternó y casi que mientras la melodía se deslizaba para llegar a mis oídos pude sentirme como de nuevo en aquél salón de baile donde me pasaba horas bailando al ritmo de una banda sonora que jamás existió sino en mi cabeza. Esa banda sonora que tocó para mí en mis profundos años de soledad.
Su voz, esa que recuerdo como si me hablara aún al oído en los sueños, aquellos sueños que me llevaron al renacimiento básico humano del que no todos son partícipe. Esa voz que alguna vez llegó tan profundo que pudo extraer de mí los sentimientos más absurdos jamás conocidos.
Y una vez más giro y giro en esta rueda que no para y que me absorbe. Cierro los ojos y siento como mi respiración se entrecorta al recordar que no estoy sola en la habitación. Al recordar que me rodean sus palabras y que he prometido algo que he de cumplir antes de acabar con esto, antes de acabar con mi vida del todo.
Al sentarme en el centro del salón de baile no puedo hacer nada más que suspirar mientras escucho la melodía. Debo aceptar finalmente que lo que me trajo a este lugar fue nuevamente ese piano de cola que solía darme compañía cada noche con alguna de las canciones que entonaba aquella banda sonora que aún no logro sacar de mi mente.
Una noche de destellos se aproxima, una noche totalmente oscura que puede verse desde la ventana del hermoso salón. Una noche estrellada con una luna melancólica que se oculta tras la pequeña y única nube que se encuentra presente bajo el cielo. Una noche como cualquier otra pero llena de tonadas que me hacen cerrar los ojos una y otra vez mientras intento contener mis lágrimas.

Los días pasaron tristes durante de aquél frío otoño del cual no recuerdo mucho. Las fuertes ventiscas elevaban mi pelo con rudeza mientras yo contenía mis lágrimas por el ardor que causaban las pequeñas piedritas que se levantaban hasta mis ojos haciéndome cerrarlos y llorar inevitablemente.
También puedo recordar que fui una niña feliz, crecí entre pequeñas calles, esas pequeñas calles de París que todos reconocen más que todo por las películas. Viví mi vida al ritmo de los hermosos acordeones y de los instrumentos de viento. No puedo negar que la falta de una madre afectó mucho mi infancia, mas debo aceptar que no se puede extrañar algo que no se tuvo o que no hace parte de un recuerdo.
París, hermosa ciudad, hermoso lugar para vivir, creo que no hubo mejores años que aquellos que viví en mi amada ciudad. Sin embargo, las cosas cambian, la vida se torna difícil y ya no se puede creer lo mismo que se cree una niña de tan sólo nueve años la cual camina descalza por las calles de París admirando las pinturas que son posadas en las ventanas de aquellas calles estrechas que nombré anteriormente.
Mi padre era pintor por naturaleza, aunque he de decir que estudió medicina lo cual no le sirvió de mucho puesto que desde que comenzó a estudiarla sabía que su vida estaba destinada a la pintura. Creo que él amaba Paris tanto como yo lo hago y lo hice en mi niñez.
La melancolía que me causa pensar en el día el cual abandoné Paris en busca de mejores oportunidades me hace recordar lo feliz que pude haber sido llevando la vida que llevaba antes de perder el sentido de la ésta. No puedo dejar de recordar aquellos días los cuales mi padre me daba algunas monedas para comprar algún dulcecillo o caramelo y al regresar a casa los gatos posados en los tejados y las bellas terrazas me observaban con curiosidad.
Creo que en toda mi niñez fui una pequeña ambiciosa y con muchos deseos de vivir, pero en mi adolescencia tanta belleza se desvaneció al morir mi padre y dejarme tan sólo cuadros para vender y hacer un poco de dinero para sobrevivir. Nadie me dijo que para sobrevivir en el mundo había algo más aparte de la felicidad, nunca nadie me dijo que el arte de mi padre nunca fue bien pagado y que las deudas pronto se apoderarían de mi.
En vista de tan terrible situación y de tan tristes recuerdos sólo puedo echarme a llorar una y otra vez tratando de olvidar aquella época de mi vida. Mis sueños se desvanecieron y la realidad se apoderó de mí antes de que supiera que existía una realidad como tal.
La vida me recuerda a diario que debo respirar para sobrevivir, pero debo ser sincera, acá todo es muy diferente. También hay calles angostas y hay pintores, pero este lugar no tiene acordeones ni gatos en los tejados. En este lugar sólo hay personas amables o no amables, te usan o los usas tu a ellos, acá funciona así, o al menos conmigo. ¿Cómo pude pensar alguna vez que yéndome lejos de Paris todo aquello se desvanecería?
Maldigo cien mil veces el hecho de estar acá, encerrada como prisionera en este maldito lugar donde no me hago más que una esclava más del mundo, donde no soy más que una mujer burda como cualquiera de las otras. La única diferencia es que a ellas las engañaron y yo me gané el destino que ahora pago por vivir en un mundo de mentiras.
Debo aceptar que se acabó, debo aceptar que esta es mi realidad. Soy ahora una meretriz y he de aceptarlo puesto que no puedo decir nada más sobre mí. Aunque alguna vez fui feliz debo decir que la vida me está cobrando tantos años de felicidad. Soy una meretriz alcohólica, una prostituta francesa encerrada en Japón, y hasta ahí llegó.
Al legar a este lugar no pensé jamás que tuviese que dormir con tanta humedad al rededor, sin olvidar que las ratas se pasean toda la noche buscando sobras de comida, si es que así se le puede llamar a aquello que se come acá.
He de quedarme acá prisionera de todos los años de felicidad junto a mi adorado padre que ahora yace bastante lejos de acá. Me pregunto qué sentiría él al ver semejante imagen. Algo así como la niña rubia de tez blanca siendo parte de una de las mafias de oriente como lo es la prostitución; eso sí que no me lo perdonaría él jamás, y de hecho no se perdonaría a si mismo algo así. Sin embargo, él se ha quedado con todos los recuerdos que tengo de Paris y creo yo que así es mejor.
¿Ya qué más da? Tantas palabras, tantos sueños, tantos recuerdos. ¿Y ahora qué?
A veces olvido que soy un ser humano, veo a través de aquellos pequeños hoyuelos abiertos en la pared y al ver el sol recuerdo que el cielo es el mismo en todas partes, sin embargo jamás podré verlo como lo veía en Paris.
Cada día al despertarme abro los ojos lentamente para comprobar que todo era probablemente un sueño y que despertaré nuevamente en Paris rodeada de todo lo que abandoné, pero me temo que ya comienzo a convencerme que ya no es un sueño. Me temo que no falta mucho para el final del juego. Me temo que pronto dejaré de ser yo.

Las palabras se han quedado en un armario de madera. Se han quedado guardadas quizá para jamás volver a ser leídas puesto que su dueño les ha cerrado con llave.
Es posible que algún ser trate de forjar aquél armario para extraer tan hermoso tesoro que para cualquiera resultaría poco menos que una basura.
Ella espera, el espera, a la expectativa, mil cosas en su cabeza y ninguna coincidencia. Un par de miradas más, y todo estará listo para el comienzo de una nueva historia.
¿Será que esta vez si lo logrará?

2 comentarios:

Satanas dijo...

Hell Yeah!

Satanas dijo...

Es posible que algún ser trate de forjar aquél armario para extraer tan hermoso tesoro que para cualquiera resultaría poco menos que una basura.
Ella espera, el espera, a la expectativa, mil cosas en su cabeza y ninguna coincidencia. Un par de miradas más, y todo estará listo para el comienzo de una nueva historia.
¿Será que esta vez si lo logrará?


bonito final..
me gu'ta!!! jeje =)